Cuando alguien te da su confianza, siempre te quedas en deuda.
Truman Capote
Hace unos días una amiga me decía que había dejado de creer en su pareja: se perdió la confianza me dijo, ya no creo en sus palabras, subrayó con la voz entrecortada. Pocas cosas definen la vida de un ser humano que el hecho de creer o no creer en algo o en alguien. Desde que tenemos uso de razón, empezamos a plantearnos la confianza o la creencia, aún de forma muy primaria. Nuestras primeras palabras ya están impregnadas de ello. De pequeños la confianza está depositada totalmente en nuestros padres, en la adolescencia nos preguntamos, dudamos muchas cosas, y ya de adultos por desgracia, vamos perdiendo la confianza y nos volvemos recelosos.
En el contexto espiritual, las creencias son otra cosa. Algo más profundo, trascendente, complejo. Desde que el mundo es mundo, los humanos se aferraron a las creencias para conjurar el miedo a lo sobrenatural. Así, los dioses fueron tomando parte esencial de la vida en común. El México prehispánico es un ejemplo emblemático del poder de los dioses en una civilización. Después, la conquista trajo consigo el monoteísmo y con ello también el sincretismo, nuestras creencias enlazadas a la identidad nacional. Mucho se ha escrito sobre eso, pero finalmente las creencias religiosas están en el terreno de lo individual y cada quien las vive y practica a su manera.
Pero el acto de creer tiene caminos diversos. Porque además de creer en Dios, a lo largo de la vida vamos desarrollando convicciones y escepticismos en distintos ámbitos. Siempre estamos buscando en qué o quién creer, pero al mismo tiempo la falsedad nos rodea y nos hacemos desconfiados. Creer o no creer: en la bondad, en el amor, en la amistad, en la lealtad, en la autoridad, en la justicia, en la honestidad, en las instituciones, en las personas, en las palabras. Porque sabemos que cuando se pierde la confianza es muy difícil recuperarla. Y la sociedad siempre sabe cómo cobrar los agravios. La historia lo muestra.
En ese contexto, muchos poderes en el mundo buscan afirmar la credibilidad en medio de crisis globales. Si analizamos ahora los discursos de los líderes y monarcas encontramos esa búsqueda de la confianza de sus gobernados, súbditos, socios o cómplices en un entorno de guerras, depredación e incertidumbre. En nuestro país, algunos políticos se esfuerzan en recuperar la confianza, otros en reafirmarla. Algunos más, parecen haberla perdido para siempre. La política no es ciencia exacta. Nunca nadie sabe lo que pasará. Ni que fuerzas se desatarán a favor o en contra.
Creer o no creer. Esa es la cuestión aquí y en Roma. El mismo Papa León ha renovado el estilo en su discurso y reafirmado las premisas cristianas frente a la guerra para darle confianza al mundo respecto a su misión. Pero más allá de los líderes y monarcas, estamos las personas comunes con nuestra carga de problemas y temores. Las crisis nos agobian. El tomate a setenta pesos, las noticias de la violencia sin fin en el mundo, la corrupción galopante y las enfermedades como espada de Damocles. En ese contexto, hay momentos donde ya no sabemos en qué o quién creer.
Mientras escribo pienso en los niños, quienes requieren confianza para crecer y formarse como los protagonistas y constructores del mañana. Trabajar en infundirles confianza es un gran desafío. Más ahora, cuando la tecnología se interpone con mensajes muchas veces nocivos. Antonio Muñoz Molina dice que en las narraciones contadas a nuestros niños se encuentra una sabiduría ancestral que nos sostiene como humanidad. Narraciones que son origen de la literatura y van creando en los niños lazos emocionales indestructibles más allá del tiempo porque se basan en lo que “sólo se ve con los ojos del corazón”.
Quienes ya no somos niños, sabemos de la humana imperfección, pero también sabemos que todavía quedan muchas cosas, muchas personas para reafirmar la confianza. Y a pesar de las numerosas sinrazones de muchos políticos a quienes ya no les confiamos nada, todavía hay personas en el mundo público y el privado en quien depositar nuestra confianza. Y por supuesto, creer en México, en esta suave patria, en su gente, en su magia, en su cultura ancestral, en ese ser que aun en la tragedia ríe: “México creo en ti porque creyendo te me vuelves ansia y castidad y celo y esperanza, si yo conozco el cielo es por tu cielo, si conozco el dolor es por tus lágrimas”.
Porque pese a tanta confianza perdida, necesitamos seguir creyendo. En nuestra tierra, en el amor, en la bondad, en la alegría, en las personas, en las palabras, en nosotros mismos, en nuestra capacidad de enmendar los errores y comenzar cada día. Ojalá. Nos va el futuro en ello.








