“No vean TV Azteca” dijo la presidenta Claudia Sheinbaum, debido a la larga cadena de mentiras que esa cadena ha difundido por años.
Salinas Pliego y su séquito de peones y alfiles respondieron de inmediato argumentando censura.
Después de los movimientos del 68, el 71 y del concierto de Avándaro, México vivió una censura no tan explícita, pero sí efectiva, que condenó el rock. Le dijeron a la generación de jóvenes de los 70, que el rock estaba bien en inglés, pero hacerlo en español no funcionaba, pues era muy “naco”.
Emilio Azcárraga Milmo, dueño y mandamás de Televisa, que se declaró “soldado del PRI”, obedeció a Echeverría y ‘Siempre en domingo’, el programa dominical de cuatro o seis horas de duración que alcanzó tanto poder como para decidir qué artista y qué canción se convertía en un éxito de difusión… y de ventas, eliminó casi por completo al rock de su repertorio.
El México que venía del rock psicodélico de la Tinta Blanca, Los Dug Dug’s, Los Yaki, del ‘Nasty Sex’ de la Revolución de Emiliano Zapata y de la encuerada de Avándaro, el resto de la década vieron cada domingo a José José y a Camilo Sesto, a Juan Gabriel, Napoleón, Rocío Dúrcal, a Rocío Jurado sufriendo, Yuri cantándole a un osito panda, o ya en los años 80, los grupos coreográficos playbackeros con integrantes desechables.
Esas mismas generaciones veían en la semana telenovelas que refriteaban la historia de la chica pobre que se enamoraba del galán rico. La cenicienta con tribulaciones y final feliz.
El broche de oro era el noticiero de otro perverso soldado del PRI: Jacobo Zabludovsky.
Sólo las noticias que él dijera eran la realidad mexicana. Lo demás, no existía… aunque hubiera sucedido.
Así, la generación que nació en los años 50, que mostró ser combativa, contestataria y contracultural terminó atontada frente a la “caja idiota” -Monsivais dixit-. La televisión no fue un ingenuo divertimento. Jugó un papel crucial, al ser cómplice de esa velada censura.
Cuando Salinas de Gortari le vendió Imevisión a Salinas Pliego, nos machacaron la idea de que al romper el monopolio de la tele privada, la libre competencia nos daría producciones de mejor calidad, más artistas y mayor variedad de contenidos. La “mano invisible del mercado” llegaría también al switcher y a las oficinas de producción de las televisoras.
Lo cierto es que la calidad fue la excepción. Lo predominante fueron refritos de telenovelas, pésimos concursos musicales y en el extremo más penoso los reality shows, donde ya no hace falta tener siquiera algún talento para salir en la pantalla. Fue una decisión política de esas empresas depauperar la calidad de los contenidos televisivos.
Del lado informativo las megaempresas posicionaron a López Dóriga -quien de joven fue reportero de Zabludovsky-, las Chapoy, los Loret, Fernández Menéndez, o Sarmientos. Creo que todos ellos han alzado la voz proclamando que hay censura… pero lo han hecho en sus medios, en sus programas, y todos siguen al aire, activos y en libertad. Son chistes que se cuentan solos.
Si Azcárraga padre declaró abiertamente poner su empresa a las órdenes del poder político de su época, Salinas Pliego quiere lo contrario: se ha empeñado descaradamente en que el poder de su dinero doblegue al poder político.
Total, que la cultura mexicana no tiene tanto que agradecerle al duopolio mayoritario de la tele mexicana. No programan conciertos de la Sinfónica Nacional, ni pirecuas michoacanas, teatro de Carballido o David Gaitán, ni valoran la cultura popular, las creencias de las etnias, las cocinas tradicionales o el rap en maya, si no es como atracción turística de la cual sacar provecho económico.
Los adalides del libre mercado no permiten mucha libertad en sus feudos, ni en el mercado, ni le ayudan al pueblo a ser libre.
Ellos prefieren un elenco y una audiencia inmersos en la “Casa de los babosos”.









