De fútbol, religión y política no se habla en la mesa. El fútbol, además, no es político. Con frases como esta nos enseñan y nos enseñamos a evitar tomar posiciones, construimos el silencio y pensamos que la diferencia forzosamente lleva al conflicto. Es una rara contradicción porque si hay algo que se construye en el espacio público, en el intercambio de experiencias, es precisamente el fútbol. Y si hay algo altamente político es también este deporte.
A diferencia de nuestros modestos y pequeños comedores, pensemos por un segundo en lo que es la FIFA, una federación internacional creada el 21 de mayo de 1904, y que es una tatarabuela que agrupa 211 asociaciones o federaciones de fútbol de distintos países, contando con 17 países afiliados más que lo que tiene la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Imaginemos la dimensión de comedor para gente que sí habla de fútbol y política. Y no solo habla, define políticas y eventos que en los hechos nos afectan a todos.
Por ello, hablar de política y de fútbol en la mesa no es solo una obligación, es una responsabilidad y una necesidad cívica. No reduzcamos nuestra afición al partido y dimensionemos la relevancia política que rodea a los mundiales. Bien lo decía Ángel Nakamura en su intervención ayer sobre Messi, este gran jugador de nuestra época que es solo equiparable a su proporcional tibieza. Pues coincido en que es así como debemos analizar el deporte y estos grandes eventos sociales en general, desde los contrastes que revelan nuestro tiempo.
La FIFA: una federación de competencia política
Hace 15 días reflexionamos sobre la estrategia de seguridad para el mundial en nuestro país y la Ciudad de México, pero en realidad el mundial mismo está hecho a partir de múltiples mafias internas. Una adecuada estrategia de seguridad implicaría no recibir a la propia FIFA en nuestros países. Sin embargo, aceptamos su autoridad a pesar de sus múltiples escándalos y le vemos sostener su poder pese a todo. Con facilidad aceptamos que el delito está fuera del mundial, mientras que la Federación nos entrega magia y fútbol; grandes estrellas y momentos, nada más alejado de la realidad.
La FIFA es una federación internacional autónoma que, al igual que la ONU, se nos revelan como instituciones en crisis. Esta es la impresión que generan estos organismos que, pese a su tamaño y poder simbólico, muestran una creciente incapacidad para intervenir en conflictos de gran importancia. Por ejemplo, frente a las políticas migratorias de Estados Unidos ―que han afectado a Irán y otras selecciones o al árbitro somalí― o crímenes de lesa humanidad, como el genocidio de Palestina.
Para la opinión pública esta inacción es una clara crisis institucional, una que es moral y, sobre todo, estructural. Particularmente en el caso de la FIFA, es moral porque los escándalos de corrupción solo evidencian su terrible descomposición y grado de compromiso y dependencia con países e intereses económicos. La evidencia está en los escándalos de corrupción por sobornos, lavado de dinero y fraude. De esta manera, la FIFA es un espejo del orden global y, al igual que la ONU, de su incapacidad de actuar.
Además, la mafia que rodea al fútbol mundial no es un agente externo que infiltró a la FIFA. Lo que alcanzamos a ver en el FIFA Gate es un complejo entramado de redes interdependientes de distintos tipos de actores que representan grupos e intereses. Hablamos de dirigentes deportivos, empresas y empresarios, funcionarios y políticos de altos niveles. De esta manera, la mafia está en la entraña misma de la federación.
Cómplices necesarios a la mesa
Tomemos un asiento en este inmenso comedor de la FIFA y veamos cómo la trama de corrupción revela su codependiente relación con diversos estados. Una codependencia paradójica, pues es un organismo autónomo creado para regular el fútbol, pero que requiere de los gobiernos para operar. Así genera, desde su origen, un inevitable campo de lucha y hace de la pelota “un botín político”, parafraseando a Jorge Godoy.
El primer evento que conecta los hilos de una corrupción que comenzó a investigarse desde los años noventa es el destape del llamado FIFA Gate, en 2015, por el FBI y el Departamento de Justicia de Estados Unidos. Este escándalo reveló sobornos, lavado de dinero y fraudes que involucraron millonarios pagos ilícitos a dirigentes de Conmebol y Concacaf. Se abrieron varias investigaciones y entre los efectos inmediatos estuvieron la renuncia del presidente de ese momento, Joseph Blatter, así como una reforma al proceso de elección de las sedes.








