México está a punto de recibir al mundo y, como suele ocurrir cuando llegan las visitas, se apresuró a esconder el desorden bajo la alfombra. A menos de veinticuatro horas de la inauguración del Mundial 2026, las calles lucían recién pintadas de morado, los vendedores ofrecían banderas y sombreros tricolores, las trompetas anunciaban la fiesta, las cámaras y los medios comenzaban a apuntar hacia la capital. Sin embargo, debajo de los zapatos de quienes acudían a celebrar, permanecían extendidas sobre el pavimento las fotografías de personas desaparecidas. Algunos las esquivaban. Otros las pisaban sin darse cuenta. La ciudad había encontrado una forma muy mexicana de prepararse para el espectáculo: decorar la superficie mientras las heridas seguían abiertas.
La tarde del 10 de junio cae sobre Paseo de la Reforma con una extraña sensación de espera. Todo parece listo para la fiesta. O al menos eso indican los anuncios, las pantallas y los discursos oficiales. Desde hace semanas se repite que México está preparado, que los problemas están siendo atendidos y que el país enseñará su mejor cara ante millones de espectadores y visitantes. El inconveniente es que algunos problemas tienen la mala costumbre de aparecer incluso cuando no fueron invitados.
Reforma siempre ha sido algo más que una avenida. Es una especie de escenario donde la ciudad ensaya todas sus versiones al mismo tiempo. Por la mañana pasan los oficinistas apurados con el café en la mano; unas horas después aparecen los turistas buscando la mejor foto del Ángel; más tarde llegan quienes cargan pancartas, fotografías y nombres que se niegan a dejar en el olvido. Entre unos y otros tampoco faltan los que han hecho de una banca, una jardinera o un pedazo de banqueta su dormitorio temporal, recordando que la ciudad también tiene habitantes que rara vez aparecen en las postales.
En pocos metros conviven dos países que a veces parecen no hablarse entre sí: el que presume modernidad y el que sigue exigiendo justicia. Aquí la celebración nunca está demasiado lejos del reclamo, ni la fiesta está retirada del duelo. Tal vez por eso la Reforma es tan simbólica. Porque mientras la ciudad intenta decidir qué rostro mostrarle al mundo, la avenida se encarga en exhibirlos todos al mismo tiempo, hasta aquellos que algunos preferirían dejar fuera de las fotografías.
Frente al Ángel de la Independencia había menos gente de lo común, pero cada persona parecía representar una realidad diferente. Algunos llegaban con camisetas de la Selección Mexicana, sombreros tricolores y teléfonos listos para tomar la foto obligada en el famoso Ángel de la Independencia. Otros cargaban pancartas, mantas y fotografías de familiares desaparecidos. Mientras unos contaban las horas para el silbatazo inicial, otros contaban los años que llevan esperando justicia.
La dualidad era brutal. Un joven acomodaba cuidadosamente la playera oficial del Mundial para tomarse una selfie. A unos metros, una mujer sostenía la fotografía de un hijo que nunca regresó a casa. En México, incluso la esperanza parece repartirse de manera desigual.
La ciudad respiraba fútbol. En las conversaciones de café, en las pantallas y en los anuncios que cubrían avenidas y estaciones de transporte, todo apunta que el torneo comenzará al día siguiente. México se preparaba para presentarse ante el mundo como un país moderno, organizado y festivo; un país listo para recibir visitantes de todos los continentes bajo la promesa de una celebración impecable. Por momentos, daba la impresión de que la realidad misma había decidido ponerse la camiseta de la selección y sumarse al entusiasmo mundialista. Después de todo, si el gobernador Samuel García aseguraba que durante el Mundial estaría en “modo party” durante un mes, quizá los problemas del país también habían decidido adoptar la misma actitud. La inseguridad, las desapariciones y las desigualdades parecían haber sido invitadas cordialmente a esperar hasta después de la final. Al menos esa era la imagen que se intentaba proyectar
La incertidumbre también flotaba en el aire. Nadie parecía tener claro qué ocurriría al día siguiente. Algunos discutían sobre las movilizaciones convocadas en distintos puntos de la ciudad y se preguntaban si afectarían la inauguración; otros debatían sobre las posibilidades de México frente a Sudáfrica y se aventuraban a pronosticar marcadores imposibles. En las conversaciones se mezclaban la política y el fútbol, la protesta y la esperanza. Lo único seguro era que, de una forma u otra, el nombre de México volvería a escucharse en todo el mundo.
Lo más extraño era que, pese a las lluvias constantes que habían castigado a la ciudad durante días, aquella tarde parecía conceder una tregua. El cielo se mantenía despejado y el ambiente estaba cargado de una energía difícil de ignorar. Había algo contagioso en el entusiasmo de la gente: las trompetas sonaban, los tambores marcaban el ritmo de las porras, los vendedores sonreían mientras ofrecían banderas y sombreros y las familias se reunían frente al Ángel para inmortalizar el momento.
Era esa alegría tan característica del mexicano, capaz de encontrar motivos para celebrar incluso en medio de la incertidumbre. Por un instante resultaba fácil dejarse llevar por el ambiente festivo. Parecía imposible no contagiarse de esa energía colectiva que transforma cualquier acontecimiento en una fiesta nacional.
Y la verdad es que era difícil no sentirse orgulloso. Reforma brillaba como una de esas avenidas capaces de convencer a cualquiera de que la Ciudad de México es una de las grandes capitales del mundo. Los árboles parecían abrazar el camino, mientras el Ángel de la Independencia se alzaba imponente entre los arreglos de flores de cempasúchil que rodeaban su base, como un recordatorio de esa relación tan mexicana entre la celebración y la memoria. Había algo profundamente mexicano en aquella escena: los comerciantes ofreciendo mercancía que mezclaba ingenio, humor y tradición; las trompetas improvisadas sonando desde distintos puntos; los turistas sorprendidos por la vitalidad de la ciudad; y las familias enteras recorriendo Reforma como si la avenida les perteneciera por una tarde. La ciudad parecía moverse al ritmo de una fiesta colectiva. Por momentos, México era exactamente lo que siempre ha querido mostrarle al mundo: un país alegre, cálido, creativo y orgulloso de sí mismo.
Sin embargo, bastaba bajar la mirada para que la realidad interrumpiera la celebración. Sobre el pavimento aparecían los rostros de personas desaparecidas, nombres impresos en hojas que el viento apenas movía. Entonces llegaba una sensación incómoda, un golpe de realidad imposible de esquivar. La euforia se convertía en silencio y la fiesta parecía perder volumen.
La escena parecía escrita por la propia ciudad. Sobre el pavimento descansaban decenas de fotografías de personas desaparecidas: rostros impresos en hojas blancas, nombres, fechas, historias detenidas en el tiempo. Sin embargo, la multitud avanzaba sin detenerse. Algunos caminaban sobre ellas sin darse cuenta; otros simplemente preferían no mirar hacia abajo.
Alrededor del monumento continuaba la celebración. Familias enteras hacían fila para tomarse la fotografía obligada frente al Ángel. Los vendedores ofrecían sombreros, matracas y banderas. Sonaban trompetas, tambores y bocinas improvisadas. Incluso algunas mascotas disfrazadas con los colores de la Selección provocaban sonrisas y aplausos. El patriotismo parecía medirse en accesorios comprados y fotografías compartidas en redes sociales.
La ironía era imposible de ignorar. México se preparaba para recibir al mundo mientras pisaba, literalmente, las imágenes de quienes han desaparecido dentro de sus propias fronteras. El mismo suelo que sostenía la fiesta sostenía también los rostros de quienes faltan. Bastaba levantar la mirada para encontrar el espectáculo; bastaba bajarla para encontrarse con la ausencia.
Era imposible no preguntarse si la multitud actuaba por optimismo o por una forma de negación colectiva. Quizá los asistentes simplemente habían desarrollado una habilidad muy mexicana: mirar únicamente aquello que permite seguir adelante. Porque aceptar la realidad completa implicaría reconocer que, mientras el país se prepara para organizar una fiesta global, miles de personas siguen buscando a sus hijos, exigiendo justicia o reclamando derechos básicos.
Mientras alrededor del Ángel comenzaban a escucharse trompetas, tambores y el clásico “¡Olé, olé, olé, olé, México, México!”, los estudiantes observaban una realidad muy diferente. Las camisetas verdes de la Selección se mezclaban con las pancartas que denunciaban la falta de recursos para las Escuelas Normales. El contraste era imposible de ignorar: de un lado, la fiesta mundialista; del otro, jóvenes que exigían algo tan básico como condiciones dignas para formarse como maestros.
A menos de veinticuatro horas de la inauguración del Mundial 2026, estudiantes de la Benemérita Escuela Nacional de Maestros aguardaban la llegada de otros contingentes normalistas y universitarios. Muchos nunca llegaron. Los organizadores explicaban que varios grupos habían sido bloqueados y acorralados en distintos puntos de Tlalpan durante sus traslados hacia Reforma, impidiéndoles incorporarse a la concentración principal.
Aun así, quienes lograron reunirse permanecían firmes. Una futura docente explicaba que su escuela sufre cortes constantes de energía eléctrica, falta de recursos e instalaciones deterioradas. Consideraba indignante que se intentara ocultar en unos cuantos meses un problema acumulado durante años.
Otra estudiante resumía el sentimiento general del colectivo: estaban dispuestos a hacer todo lo necesario para que la situación fuera visible. Para ella y para sus compañeros, el Mundial no representaba una distracción, sino una oportunidad. Si las cámaras internacionales iban a apuntar hacia México, también debían mostrar aquello que normalmente permanece fuera de cuadro.
Los normalistas insistían en que su lucha no se limitaba a una escuela o a una generación. Hablaban de compañeros que estudian en condiciones poco dignas, de escuelas olvidadas y de la falta de atención a la educación pública. La pregunta parecía sencilla: si la educación es el futuro del país, ¿por qué quienes se preparan para construirlo continúan siendo ignorados?
Hubo un momento en que la protesta dejó de parecer una confrontación. Algunos policías observaban las pancartas, leían los nombres impresos en las mantas y escuchaban las consignas con una atención inusual. De vez en cuando se acercaban para intercambiar unas palabras con los estudiantes. “Mucha suerte”, les decían. “Estamos con ustedes”. Aquellas palabras parecían cargar más peso del que mostraban. No sonaban como una frase dicha por compromiso, sino como el reconocimiento de alguien que entendía lo que estaba viendo. Porque detrás del uniforme también había personas que conocen las carencias, que viven los mismos problemas y que, al igual que los manifestantes, forman parte del mismo país. Por un instante, la distancia entre autoridad y ciudadano pareció desaparecer, dejando únicamente a personas que compartían una misma sensación: la de saber que muchas de las demandas que se gritaban esa tarde eran tan reales como urgentes.
Resulta inevitable recordar las declaraciones oficiales de la presidenta que insistían en que México estaba listo para el evento y que los problemas existentes estaban siendo atendidos. Puede que sea cierto. Después de todo, las banquetas fueron reparadas, las fachadas recibieron pintura nueva y varias calles fueron cubiertas con una impecable capa de color morado para recibir a los visitantes. Pero la pintura tiene límites que la propaganda a veces olvida. Puede cubrir grietas y embellecer avenidas. Lo que no puede hacer es borrar las manchas de sangre acumuladas durante años de violencia, desapariciones y abandono institucional. Ninguna brocha alcanza para pintar encima de la ausencia.
Quizá ahí se encontraba la verdadera contradicción del ánimo mundialista. Mientras millones de personas se preparaban para celebrar, miles de ciudadanos sentían que no tenían el lujo de hacerlo. Se veían obligados a manifestarse por educación digna, por justicia, por seguridad o simplemente por encontrar a alguien que reconociera su dolor y su inconformidad. Al caer la tarde, el Ángel de la Independencia observaba ambas realidades con la misma indiferencia de siempre. De un lado se escuchaban porras para la Selección; del otro, colectivos que exigían atención a los desaparecidos y mejores condiciones para la educación pública. Tal vez esa fue la imagen más honesta del día previo a la inauguración del Mundial 2026: un país que quería celebrar, pero que antes necesitaba ser escuchado.
*Este texto es resultado de un trabajo escolar de la materia Lenguajes Periodísticos Especializados de la Licenciatura en Comunicación de la Universidad Anáhuac México.









